En años recientes, el mundo académico ha atestiguado un auge de los estudios en torno al sonido y la escucha, manifiesto en un gran número de revistas académicas, tesis de postgrado, podcasts, proyectos de investigación, coloquios y congresos, etc. Inicialmente, la noción de “paisaje sonoro” proveniente del campo de la composición musical (Schaffer 1994), dio cuenta de aspectos como las características y distribución geográfica de ciertas sonoridades, la relación entre cambios sonoros y cambios medio-ambientales, o la relación entre sonidos, territorios e identidades culturales.
La pregunta inicial por el comportamiento y las características de los sonidos en el espacio, paulatinamente atrajo el interés de algunos estudiosos debido a su poder para anticipar cambios sociales (Attalí 1985), para arrojar datos sobre las sociedades del pasado y sus ideas (Corbin 1986, 1988, Thompson 2007), así como para crear comunidades, territorios y localidades (Feld 2003, 2015, Truax 2001, LaBelle 2010). Sin embargo, al vincular sonido con sociedad, una de las líneas de indagación de emergieron de los estudios sonoros se ha centrado en estudiar no ya lo que suena, si no quienes lo hacen sonar y escuchan. Esta implicación ha llevado a la implosión del germinal concepto “paisaje sonoro”, ocasionando su expansión hacia el estudio de la complejidad de los procesos sociales de la escucha. La escucha de los fenómenos sonido va más allá de su dimensión acústica; por ello, prestar oídos a las formas en que grupos de personas escuchan en diferentes sociedades y momentos de la historia ha abierto posibilidades de entender los mundos de sentido, mentalidades, mecanismos de distribución del poder, relaciones entre entidades, construcción de cosmogonías y filosofías que el oído permite. La problematización de la indisociable relación entre lo que suena y lo que se escucha, así como las implicaciones sociales de esta compleja relación, requieren establecer un micrófono analítico para escuchar – que no observar – las formas de estudiar el sonido y la escucha durante los últimos veinte años, buscando discernir cuál ha sido la trayectoria (inter)disciplinar y en respuesta a qué tipos de preguntas se han configurado los estudios sobre la escucha desde inicios del siglo XXI.
La convergencia de campos como los estudios sonoros, la etnomusicología, la historia y la socio-antropología, de los sentidos ha hecho evidente que el mundo acústico permite construir un tipo particular de conocimiento que estructura mundos sociales y simbólicos. Esto es a lo que Steven Feld ha denominado “acustemologías” (2007,2009, 2015). Se trata de modos de construir conocimiento a partir de los mundos acústicos, así como al tipo de vínculos que los complejos procesos de escucha permiten establecer entre seres humanos y con otras entidades, o como Feld lo enuncia “ontologías interrelacionales” (2015, p.15). Así pues, el problema del sonido admite un abordaje no únicamente como un fenómeno acústico o un quehacer artístico, sino además como una práctica social y una forma de disciplinamiento de los sentidos (Leppert 2004). De ahí se deriva también que el entendimiento de los procesos de sonar/escuchar sean abordado no únicamente como un fenómeno auditivo o perceptual, sino además en sus dimensiones históricas y políticas, en sus alcances como práctica territorial, en sus incidencias para la interacción social, a partir de sus mediaciones teconlógicas, y en suma, como un complejo comportamiento de intervinculación entre humanos, y de estos con otras entidades.
Los estudios de auralidad o “estudios aurales” proponen una aproximación socio-antropológica e histórica a la escucha. A diferencia de áreas como la fonoaudiología, la psicoacústica, o las neurociencias – que buscan objetivar los procesos de audición–, los estudios de auralidad prestan atención a la subjetividad que subyace a la percepción auditiva y sus formas de inscripción y registro, asumiendo que toda subjetividad está también determinada socio-históricamente. Próximos a la historia, la antropología, la sociología, y la etnomusicología, los estudios de auralidad se pueden también enmarcar dentro de los estudios sensoriales que, al ampliar las diversas herramientas sensoriales de análisis e interpretación, complementan los métodos tradicionales de “observación” y recopilación de datos a los que recurren dichas áreas (Howes 2014, Earlman 2004, Samuels et al. 2010). Entonces, si de manera tácita las ciencias sociales han estimado que para ser estudiado un espacio (físico, social o simbólico) debe ser “observado”, el giro sensorial propone que además sea escuchado, sentido u olfateado. El impacto de dicho volcamiento en las ciencias sociales ha abierto un sólido camino para comprender los sentidos como mediadores de valor social y como una materia prima para la formación de las (inter)subjetividades; adicionalmente ha ocasionado un cuestionamiento de las jerarquías con que se asigna valor epistemológico a cada uno de los sentidos. Tanto en su vertiente anglo (Bull et al. 2006, Classen 1997, Howes y Classen 2013, Howes 2014, Pink 2009, Stroller 1997) como la de base francófona (Merlau-Ponty 1962, LeBreton 2007, Corbin 1986, 1988), los estudios sensoriales se han ampliado recientemente a América Latina a través de publicaciones en español (Domínguez y Zirión 2017, Sabido-Ramos 2020), redes de trabajo y eventos académicos diversos.
Los estudios aurales están mayormente focalizados en aspectos como los condicionamientos culturales e ideológicos de la percepción sonora, las formas de significación socio-cultural que los sonidos engendran, así como las formas de interacción social e intersubjetividades que promueven los sonidos escuchados, es decir: sus formas de inscripción, registro, circulación, percepción, recepción, significación, simbolización, procesamiento psico-afectivo e implicaciones en el orden social (Feld 1990, 2003 y 2015, Rice 2018, Erlman 2004, Ochoa-Gautier 2015). La publicación en 2015, del galardonado libro Aurality: Listening and Knowledge in 19th Century Colombia, de la etnomusicóloga Ana María Ochoa Gautier, representa un hito y permite enmarcar una multiplicidad de estudios históricos y socio-culturales bajo un término común, así sea sólo con fines de diálogo interdisciplinar y profundización en problemas comunes, con métodos más o menos delimitados. Como lo indican Ochoa-Gautier y Minsk (2021) “el término auralidad incluye prácticas de escucha mediadas y no mediadas que construyen percepciones y modos de entender la naturaleza, los cuerpos, las voces, y las tecnologías en determinados momentos y lugares” (p. 24). No obstante, la problematización de la escucha en torno al lenguaje, la música, el sonido, y la caracterización de la escritura como su opuesto, no es reciente. Por el contrario, sostienen las autoras, la relación entre la oralidad, lo audible, y sus formas de inscripción han sido “centrales para pensar sobre América Latina y el Caribe” (p.25). El interés de las autoras en ese texto es identificar los modos en como problemas que conciernen a la oralidad, la música, el lenguaje y la voz, [a la que yo añadiría el sonido y el territorio] se han dispersado en distintas corrientes de pensamiento y terrenos (inter)disciplinares respondiendo a “distintas raigambres históricas y genealogías” (p.24).
Este proyecto se suma a esa indagatoria, buscando responder a la pregunta de cómo las distintas disciplinas académicas se han aproximado al problema de la relación entre sonido y escucha. Se interesa por conocer los marcos teórico-conceptuales y las metodologías de análisis bajo las cuales el problema de la escucha ha sido abordado primero en Chile y luego en América Latina.
Este proyecto defiende que una línea de los estudios sonoros se ha decantado recientemente hacia algo que comienza por identificarse como “estudios de auralidad” (Bieletto 2019, Domínguez-Ruiz 2019, Ochoa y Minsk 2021), e intenta entender cuáles son las particularidades de este domino transdiciplinar de generación de conocimiento. Se basa en la hipótesis de que la escucha, área que permite conocer culturas y sociedades, memorias culturales, hábitos, dinámicas de poder, procesos de cambio socio-político y conformación de las mentalidades. No obstante, para defender que esta área existe como una derivación diferenciada de los estudios sonoros, es necesario identificar la generación de un aparato teórico-conceptual y metodológico propio para problemas que atañen la situacionalidad socio-histórica de la escucha. Este aparataje incluye ciertamente, el desarrollo de etnografías sonoras, pero también métodos no-etnográficos que incluyen estrategias para leer las inscripciones sonoras en el archivo histórico, relecturas decoloniales del sensorio, abordajes interculturales a conflictos desatados por la escucha y la generación de categorías en torno a lo sónico, coleccionismo de registros sonoros y su recirculación en bancos sonoros, generación y uso de plataformas y cartografías colaborativas, proyectos de edición dialógica, generación de productos sonoros como ensayos, podcasts, sonorización de datos y muchos más. Tanto el diseño de tecnologías de microfonia y captura sonora, como las plataformas digitales nos ofrecen oportunidades inéditas para audibilizar y circular sonidos antaño inaccesibles al oído humano. Esto nos permite hoy establecer nuevas relaciones con seres, entidades e imaginarios con los que hemos resonado en un espacio común, así como abrir oídos tanto a las nuevas sonoridades como a las estrategias socioculturales para dotarles de sentido.
El problema principal es de orden epistemológico pues apunta a comprender el tipo de pensamiento interdisciplinar que se ha requerido para conceptualizar el tema sonido/escucha, 1) como una diada indisociable, y 2) como un problema socio-cultural e histórico. Busca evaluar las herramientas conceptuales y teórico-metodológicas disponibles en el campo, así como proponer nuevas y más pertinentes estrategias de abordaje para atender los procesos sociales propios de las sociedades latinoamericanas y su herencia colonial. Es también de tipo historiográfico pues reconoce que distintas tradiciones de pensamiento enmarcan sus objetos de estudio de una manera particular y respondiendo a problemas propios de los campos respectivos, todos los cuales abonan a la generación de conocimiento inédito, 3) Finalmente, subyace un interés geo-político, toda vez que este proyecto tiene un interés particular por el desarrollo de este dominio en América Latina a partir de estudios desarrollados bien en la región o que se ocupan de las culturas de esta zona. Se espera así responder a la invitación de Steingo y Sykes (2019) de contrarrestar el protagonismo que el hemisferio norte ha tenido en los estudios del sonido ihaciendo “sound studies in and from the South” (p. 4). Sin embargo, como al respecto indica Bieletto-Bueno (2021) “Si bien hay una percepción entre colegas asentados en instituciones del norte de que los académicos del llamado Sur Global hemos sido marginalizados de las narrativas del sonido […] la investigación sobre el sonido y la música, […] en América Latina no ha sido ajena a la influencia de los estudios del sonido y de los estudios urbanos en otras regiones del globo” (p.26). Como uno de sus principales propósitos, este proyecto buscará verificar si acaso y cómo la academia Latinoamericana, ha participado de este proyecto, y se suma al proyecto de contrarrestar la supuesta hegemonía del norte en el campo de los estudios sonoros.